Estaba pegada al techo y gritaba como un animal salvaje, sus ojos estaban completamente blancos y de su boca salía tanta baba, que parecía un perro rabioso, mientras pronunciaba con rabia en un idioma imposible de definir, lo que yo creo que eran maldiciones.
Ya era de noche y un frío me recorrió el cuerpo, en mi mano izquierda sostenía con fuerza la biblia y en la otra mi crucifijo de plata que me había bendecido el papa en mi último viaje a la santa sede, pero ahora todos esos recuerdos y el miedo me invadían por dentro, aunque por fuera solo gotas de sudor recorrían mi cara, mientras los padres de la muchacha poseída me miraban con esperanza.
¿Umm y ahora que oración pronuncio del Rituale Romanum? - me preguntaba mentalmente.
Empece a decirle el padre nuestro en latín mientras la miraba fijamente, y ella se lanzo con fuerza sobrehumana sobre mi.
Por Renzo Corredor

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